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JUEGO INTERACTIVO.

NOTICIAS CATOLICAS.

jueves, 23 de abril de 2009

IGLESIA Y POLITICA?


Difícilmente en las últimas décadas se había visto a un Presidente más creyente y devoto que Álvaro Uribe Vélez, quien no pierde ocasión para rezarle y pedirle 'ayuditas' extras a cuanto santo, virgen o beato importante hay en Colombia. Verlo arrodillado casi en éxtasis religioso frente al cuerpo del padre Marianito, o rezando en la capilla privada del Palacio Arzobispal de Bogotá el año pasado, a donde fue para aceptar la mediación del cardenal Pedro Rubiano en el choque de trenes con la justicia, son algunas de las miles de imágenes que demuestran la religiosidad del mandatario. Y si a ese fervor se le unen sus posiciones conservadoras frente al aborto, la penalización de la dosis mínima o el 'gustico' antes del matrimonio, entre otras, difícilmente la Iglesia católica tendría a un mejor aliado en el poder desde la Hegemonía Conservadora.
Por eso, muchos quedaron sorprendidos cuando los dos más altos jerarcas de la Iglesia, el presidente de la Conferencia Episcopal, Rubén Salazar, y el cardenal primado de Colombia, Pedro Rubiano, aprovecharon el fervor de la Semana Santa para pedirles a los colombianos reflexionar sobre los peligrosos efectos que una segunda reelección de Uribe tendría sobre la democracia, la institucionalidad y el futuro del país.De todas las voces que se habían escuchado contra la reelección, ninguna se había convertido en una carga de profundidad como la de la Iglesia. En un lenguaje conciliador, sin ataques personales y manteniendo siempre el respeto por el Presidente, monseñor Salazar sorprendió con su claridad en Pascua al decir que "vale la pena que el país piense en una segunda reelección… si como democracia le conviene a la Nación modificar la Constitución de acuerdo con las coyunturas políticas y personales. No estamos discutiendo si el gobierno Uribe es válido o no, si hay que respaldarlo en nuevo programa o no. Es un debate que se debe despersonalizar y salirse del dilema: No Uribe, sí Uribe".La posición del presidente de la Conferencia Episcopal abrió varios debates y muchas preguntas, aunque no logró mover un milímetro al muy católico ministro del Interior, Fabio Valencia, quien respondió que en la Iglesia los períodos son de por vida.El primero debate es si la Iglesia le estaba pasando una cuenta de cobro al Presidente. Sin duda, a pesar de la religiosidad de Uribe, las relaciones entre el gobierno y la Iglesia no han sido las más cercanas. Dentro de la complejidad de esta milenaria institución, es claro que la llegada de Uribe ha generado diferencias.Por un lado, un grupo de obispos y religiosos ha apoyado al Presidente y a muchos de sus programas, en especial la seguridad democrática y la lucha contra el terrorismo. Incluso el mismo cardenal Rubiano, quien ha sido tildado de uribista, apoyó la reelección del Presidente en 2006. El otro sector, que critica a Uribe, es el que en buena medida ha tenido que sobrellevar y acompañar con sus comunidades los efectos de sus siete años de gobierno, pues ha soportado hombro a hombro el drama de los desplazados, los efectos del conflicto, los rigores de la pobreza o el drama de los falsos positivos, entre otros. Además de tener una mirada en el terreno del mandato de Uribe, la Iglesia ha tenido que mantener un equilibrio frente a un gobierno que por un lado comparte muchos de los principios y valores, pero que por el otro la ha castigado al disminuirle su papel en la educación pública y al ignorar sus clamores por el intercambio humanitario o un diálogo de paz.Precisamente para refrescar las relaciones con el gobierno, el cónclave de los casi 90 obispos del país escogió el año pasado a monseñor Rubén Salazar como nuevo presidente de la Conferencia Episcopal. Pero la seguidilla de declaraciones que dio de las últimas semanas este prelado de 66 años, teólogo, filósofo y gran organizador, llevó de nuevo a esta institución a marcar distancia con el gobierno. Además, dejaron en claro que las preocupaciones de la Iglesia siguen en contra de lo que quieren las mayorías del país.El gobierno entendió que lo mejor era mantener un silencio prudencial luego de la salida en falso del Ministro del Interior y tras las críticas de algunos uribistas que piden a gritos la separación de la Iglesia y el Estado y que aquella no tenga injerencia en política. "El Presidente y su familia siempre han sido respetuosos de la Iglesia y sus jerarquías, y por eso prefiere no entrar en choque, así sea algo que no le sirve ni le conviene ni a la Iglesia, ni al gobierno ni al país", dijo una alta fuente de Palacio.El mensaje de monseñor Salazar contra la permanencia de Uribe en el poder, como reconoce Héctor Fabio Henao, secretario general de la Conferencia Episcopal, "no fue preparado por la plenaria de los obispos ni ha sido discutido, pero ha tenido acogida y ha generado interesantes discusiones" en una institución que tiene credibilidad, prestigio y una red que llega a todos los rincones del país. Para el periodista y ex sacerdote Javier Darío Restrepo, en las declaraciones de Salazar "no hay cálculo político, ni tiene nada que perder ni que ganar. Es uno de esos inamovibles que se han elevado en la Iglesia, que como el derecho a la vida, está dispuesto a defender en contra de las mayorías". El veterano periodista añadió que la Iglesia, tras un largo maridazgo con la autoridad en América Latina, incluidos presidentes, militares autócratas y dictadorzuelos, ha aprendido que no hay nada que atente más contra el bien común que un hombre que quiera aferrarse al poder. "Así lo ha hecho en la Venezuela de Chávez, lo hizo contra el popular gobierno de Alberto Fujimori en Perú o para frenar a Ferdinand Marcos en Filipinas", concluyó Restrepo. Y lo mismo ha pasado en otros momentos de la historia del país, cuando el mismo Pedro Rubiano caracterizó a la presencia de dineros del narcotráfico en la campaña de Ernesto Samper como un elefante al que nadie vio, o cuando el cardenal Crisanto Luque decidió deslegitimar el gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla y ser un factor determinante en su caída. El otro gran problema que plantean las declaraciones de los jerarcas es el debate sobre la intervención en política de la Iglesia, algo que siempre ha existido en América Latina y en Colombia, como advierte el historiador y experto en la Iglesia colombiana Ricardo Arias. "Hay que tener claro que no es lo mismo que la Iglesia hable y trabaje en la 'Política', con mayúscula, que es lo que hace al buscar la paz, la justicia social o la no reelección, o que termine apoyando a cualquier programa o candidato político como ocurría hace mucho tiempo. Y las declaraciones de los jerarcas se enmarcan en la gran política". Hasta ahora, ni el Congreso ni ningún partido ni un líder político había logrado plantear la conveniencia o no de la segunda reelección sin caer en la trampa maniquea de ser tildado de uribista o antiuribista. De ahí que varios ex presidentes, como Andrés Pastrana y Ernesto Samper, se sumaron en público a la discusión luego de las manifestaciones de la jerarquía. Ni la Iglesia se va a oponer de pies y manos al referendo, ni va a sacar el trapo para hacer campaña, pero sin dudas es el más duro contendor que hasta ahora le ha salido a la reelección. Aún es muy pronto para saber si se mantendrá en el tiempo esta posición, pero en el Palacio de Nariño deben estar recordando las palabras del Quijote, quien tras superar tantas adversidades y a punto de encarar una nueva, le dice a su fiel escudero con temor: "Con la Iglesia topamos, Sancho".
TOMADO DE WWW.SEMANA.COM

miércoles, 25 de marzo de 2009




EVANGELIZACION DE LA POLITICA.

"No logro entender qué Biblia leen quienes dicen que no hay que mezclar religión y política". Desmond Tutu.

En el mundo actual al cual llamamos postmodernidad, vemos como muchas personas de la Iglesia le tienen miedo a evangelizar el mundo de los políticos y en si la política, pues prefieren decir que el evangelio no se puede mezclar con la política, para así poder evadir este gremio que necesita hoy una nueva luz para saber guiar a los pueblos con fe y esperanza, pues los que conocemos un poco acerca de la política, sabemos que esta es el arte de gobernar, y de gobernar bien, y nadie puede gobernar mejor que aquel que está iluminado por el Espíritu Santo.
El documento de pueblo en el numeral 515 dice: “. La Iglesia —hablando todavía en general, sin distinguir el papel que compete a sus diversos miembros— siente como su deber y derecho estar presente en este campo de la realidad: porque el cristianismo debe evangelizar la totalidad de la existencia humana, incluida la dimensión política. Critica por esto, a quienes tienden a reducir el espacio de la fe a la vida personal o familiar, excluyendo el orden profesional, económico, social y político, como si el pecado, el amor, la oración y el perdón no tuviesen allí relevancia. “
Es así, como vemos que la iglesia si se preocupa por evangelizar la política, solo que hay unos grupos conservadores dentro de la iglesia que dicen que no es competencia de la iglesia introducirse en la política, sin entender que la evangelización no es vincularse a ningún grupo político ni defender este o aquel partido político, al contrario es llevar el mensaje de la buena nueva a todas las personas que trabajan dentro de este campo y que necesitan ser guiadas bajo la luz del señor; pues por el hecho de que muchas personas no se han dedicado a evangelizar dentro de esta área, hoy contamos con gobernantes mediocres y un deterioro creciente del cuadro político-social dentro de nuestro país y en el mundo entero.
También recientemente en Aparecida el magisterio episcopal reafirma la formación política: ‘También es tarea de la Iglesia ayudar con la predicación, la catequesis, la denuncia, y el testimonio del amor y de justicia, para que se despierten en la sociedad las fuerzas espirituales necesarias y se desarrollen los valores sociales. Sólo así las estructuras serán realmente más justas, podrán ser eficaces y sostenerse en el tiempo. Sin valores no hay futuro, y no habrá estructuras salvadoras, ya que en ellas siempre subyace la fragilidad humana”.
Es pues de aclarar que el papel de la iglesia no es apoyar un movimiento político, como lo decía anteriormente, sino evangelizar todos y cada uno de los sectores que influyen de una u otra manera en el desarrollo de los pueblos y sus comunidades.
La iglesia hoy más que nunca reclama nuevos líderes, personas con buena formación moral e intelectual que sean capaces de gobernar los pueblos al ejemplo de salomón, teniendo en cuenta que no hay poder que no venga de Dios y por tal razón preocuparse por saber dirigir los pueblos en la sabiduría y en la verdad.
Es de recordar pues, asimismo que tanto en Puebla como en Aparecida se distinguen los roles de los distintos miembros de la Iglesia, al afirmar que "la política partidista es el campo propio de los laicos" y que "los pastores, por el contrario, puesto que deben preocuparse de la unidad, se despojarán de toda ideología político-partidista que pueda condicionar sus criterios y actitudes. Tendrán así, libertad para evangelizar lo político como Cristo, desde un Evangelio sin partidismos ni ideologizaciones”
Pues lo importante es que los miembros que trabajan dentro de este campo reconozcan primero la autoridad suprema de Dios, la defensa de la vida y el arduo trabajo de la iglesia por el desarrollo de los pueblos y la instauración de una justicia universal.
Por tal razón nosotros que nos preparamos a un futuro ministerio sacerdotal debemos pensar también, en que técnicas vamos a utilizar para llevar el evangelio a estas personas que trabajan con el mundo político, para que las leyes en vez de atentar cada vez mas contra los seres humanos, se dediquen a proteger la vida y la dignidad de las personas, leyes que vayan en contra del aborto, la eutanasia y tantas otras prácticas que han convertido a la política en la principal amenaza para la vida de los hombres. De igual forma es necesario que nuestros gobernantes hagan una opción preferencial por los pobres y los desprotegidos, para que asi cada persona pueda tener lo necesario para vivir de una manera digna y no como animales.
El compromiso de la iglesia, es pues seguir llevando el evangelio a todas las gentes y concientizar a los miembros de ella, que allí donde haya un ser humano también debe estar Cristo, ese Cristo que transforma vidas, corazones e instituciones por completo.
Para terminar añado el numeral 516 de Puebla donde textualmente dice: “En efecto, la necesidad de la presencia de la Iglesia en lo político, proviene de lo más íntimo de la fe cristiana: del señorío de Cristo que se extiende a toda la vida. Cristo sella la definitiva hermandad de la humanidad; cada hombre vale tanto como otro: "Todos sois uno en Cristo Jesús" (Gál. 3,28).


Vicente arcila giraldo. Seminarista de primero de filosofía.

jueves, 12 de marzo de 2009

CARTA DE BENEDICTO XVI

AÑADO LA CARTA DEL PAPA BENEDICTO A TODOS LOS OBISPOS.
CARTA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI A LOS OBISPOS DE LA IGLESIA CATÓLICA SOBRE LA REMISIÓN DE LA EXCOMUNIÓN DE LOS CUATRO OBISPOSCONSAGRADOS POR EL ARZOBISPO LEFEBVRE

Queridos Hermanos en el ministerio episcopal
La remisión de la excomunión a los cuatro Obispos consagrados en el año 1988 por el Arzobispo Lefebvre sin mandato de la Santa Sede, ha suscitado por múltiples razones dentro y fuera de la Iglesia católica una discusión de una vehemencia como no se había visto desde hace mucho tiempo. Muchos Obispos se han sentido perplejos ante un acontecimiento sucedido inesperadamente y difícil de encuadrar positivamente en las cuestiones y tareas de la Iglesia de hoy. A pesar de que muchos Obispos y fieles estaban dispuestos en principio a considerar favorablemente la disposición del Papa a la reconciliación, a ello se contraponía sin embargo la cuestión sobre la conveniencia de dicho gesto ante las verdaderas urgencias de una vida de fe en nuestro tiempo. Algunos grupos, en cambio, acusaban abiertamente al Papa de querer volver atrás, hasta antes del Concilio. Se desencadenó así una avalancha de protestas, cuya amargura mostraba heridas que se remontaban más allá de este momento. Por eso, me siento impulsado a dirigiros a vosotros, queridos Hermanos, una palabra clarificadora, que debe ayudar a comprender las intenciones que me han guiado en esta iniciativa, a mí y a los organismos competentes de la Santa Sede. Espero contribuir de este modo a la paz en la Iglesia.
Una contrariedad para mí imprevisible fue el hecho de que el caso Williamson se sobrepusiera a la remisión de la excomunión. El gesto discreto de misericordia hacia los cuatro Obispos, ordenados válidamente pero no legítimamente, apareció de manera inesperada como algo totalmente diverso: como la negación de la reconciliación entre cristianos y judíos y, por tanto, como la revocación de lo que en esta materia el Concilio había aclarado para el camino de la Iglesia. Una invitación a la reconciliación con un grupo eclesial implicado en un proceso de separación, se transformó así en su contrario: un aparente volver atrás respecto a todos los pasos de reconciliación entre los cristianos y judíos que se han dado a partir del Concilio, pasos compartidos y promovidos desde el inicio como un objetivo de mi trabajo personal teológico. Que esta superposición de dos procesos contrapuestos haya sucedido y, durante un tiempo haya enturbiado la paz entre cristianos y judíos, así como también la paz dentro de la Iglesia, es algo que sólo puedo lamentar profundamente. Me han dicho que seguir con atención las noticias accesibles por Internet habría dado la posibilidad de conocer tempestivamente el problema. De ello saco la lección de que, en el futuro, en la Santa Sede deberemos prestar más atención a esta fuente de noticias. Me ha entristecido el hecho de que también los católicos, que en el fondo hubieran podido saber mejor cómo están las cosas, hayan pensado deberme herir con una hostilidad dispuesta al ataque. Justamente por esto doy gracias a los amigos judíos que han ayudado a deshacer rápidamente el malentendido y a restablecer la atmósfera de amistad y confianza que, como en el tiempo del Papa Juan Pablo II, también ha habido durante todo el período de mi Pontificado y, gracias a Dios, sigue habiendo.
Otro desacierto, del cual me lamento sinceramente, consiste en el hecho de que el alcance y los límites de la iniciativa del 21 de enero de 2009 no se hayan ilustrado de modo suficientemente claro en el momento de su publicación. La excomunión afecta a las personas, no a las instituciones. Una ordenación episcopal sin el mandato pontificio significa el peligro de un cisma, porque cuestiona la unidad del colegio episcopal con el Papa. Por esto, la Iglesia debe reaccionar con la sanción más dura, la excomunión, con el fin de llamar a las personas sancionadas de este modo al arrepentimiento y a la vuelta a la unidad. Por desgracia, veinte años después de la ordenación, este objetivo no se ha alcanzado todavía. La remisión de la excomunión tiende al mismo fin al que sirve la sanción: invitar una vez más a los cuatro Obispos al retorno. Este gesto era posible después de que los interesados reconocieran en línea de principio al Papa y su potestad de Pastor, a pesar de las reservas sobre la obediencia a su autoridad doctrinal y a la del Concilio. Con esto vuelvo a la distinción entre persona e institución. La remisión de la excomunión ha sido un procedimiento en el ámbito de la disciplina eclesiástica: las personas venían liberadas del peso de conciencia provocado por la sanción eclesiástica más grave. Hay que distinguir este ámbito disciplinar del ámbito doctrinal. El hecho de que la Fraternidad San Pío X no posea una posición canónica en la Iglesia, no se basa al fin y al cabo en razones disciplinares sino doctrinales. Hasta que la Fraternidad non tenga una posición canónica en la Iglesia, tampoco sus ministros ejercen ministerios legítimos en la Iglesia. Por tanto, es preciso distinguir entre el plano disciplinar, que concierne a las personas en cuanto tales, y el plano doctrinal, en el que entran en juego el ministerio y la institución. Para precisarlo una vez más: hasta que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren, la Fraternidad no tiene ningún estado canónico en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido liberados de la sanción eclesiástica, no ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia.
A la luz de esta situación, tengo la intención de asociar próximamente la Pontificia Comisión "Ecclesia Dei", institución competente desde 1988 para esas comunidades y personas que, proviniendo de la Fraternidad San Pío X o de agrupaciones similares, quieren regresar a la plena comunión con el Papa, con la Congregación para la Doctrina de la Fe. Con esto se aclara que los problemas que deben ser tratados ahora son de naturaleza esencialmente doctrinal, y se refieren sobre todo a la aceptación del Concilio Vaticano II y del magisterio postconciliar de los Papas. Los organismos colegiales con los cuales la Congregación estudia las cuestiones que se presentan (especialmente la habitual reunión de los Cardenales el miércoles y la Plenaria anual o bienal) garantizan la implicación de los Prefectos de varias Congregaciones romanas y de los representantes del Episcopado mundial en las decisiones que se hayan de tomar. No se puede congelar la autoridad magisterial de la Iglesia al año 1962, lo cual debe quedar bien claro a la Fraternidad. Pero a algunos de los que se muestran como grandes defensores del Concilio se les debe recordar también que el Vaticano II lleva consigo toda la historia doctrinal de la Iglesia. Quien quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces de las que el árbol vive.
Espero, queridos Hermanos, que con esto quede claro el significado positivo, como también sus límites, de la iniciativa del 21 de enero de 2009. Sin embargo, queda ahora la cuestión: ¿Era necesaria tal iniciativa? ¿Constituía realmente una prioridad? ¿No hay cosas mucho más importantes? Ciertamente hay cosas más importantes y urgentes. Creo haber señalado las prioridades de mi Pontificado en los discursos que pronuncié en sus comienzos. Lo que dije entonces sigue siendo de manera inalterable mi línea directiva. La primera prioridad para el Sucesor de Pedro fue fijada por el Señor en el Cenáculo de manera inequívoca: "Tú… confirma a tus hermanos" (Lc 22,32). El mismo Pedro formuló de modo nuevo esta prioridad en su primera Carta: "Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 Pe 3,15). En nuestro tiempo, en el que en amplias zonas de la tierra la fe está en peligro de apagarse como una llama que no encuentra ya su alimento, la prioridad que está por encima de todas es hacer presente a Dios en este mundo y abrir a los hombres el acceso a Dios. No a un dios cualquiera, sino al Dios que habló en el Sinaí; al Dios cuyo rostro reconocemos en el amor llevado hasta el extremo (cf. Jn 13,1), en Jesucristo crucificado y resucitado. El auténtico problema en este momento actual de la historia es que Dios desaparece del horizonte de los hombres y, con el apagarse de la luz que proviene de Dios, la humanidad se ve afectada por la falta de orientación, cuyos efectos destructivos se ponen cada vez más de manifiesto.
Conducir a los hombres hacia Dios, hacia el Dios que habla en la Biblia: Ésta es la prioridad suprema y fundamental de la Iglesia y del Sucesor de Pedro en este tiempo. De esto se deriva, como consecuencia lógica, que debemos tener muy presente la unidad de los creyentes. En efecto, su discordia, su contraposición interna, pone en duda la credibilidad de su hablar de Dios. Por eso, el esfuerzo con miras al testimonio común de fe de los cristianos –al ecumenismo– está incluido en la prioridad suprema. A esto se añade la necesidad de que todos los que creen en Dios busquen juntos la paz, intenten acercarse unos a otros, para caminar juntos, incluso en la diversidad de su imagen de Dios, hacia la fuente de la Luz. En esto consiste el diálogo interreligioso. Quien anuncia a Dios como Amor "hasta el extremo" debe dar testimonio del amor. Dedicarse con amor a los que sufren, rechazar el odio y la enemistad, es la dimensión social de la fe cristiana, de la que hablé en la Encíclica Deus caritas est.
Por tanto, si el compromiso laborioso por la fe, por la esperanza y el amor en el mundo es en estos momentos (y, de modos diversos, siempre) la auténtica prioridad para la Iglesia, entonces también forman parte de ella las reconciliaciones pequeñas y medianas. Que el humilde gesto de una mano tendida haya dado lugar a un revuelo tan grande, convirtiéndose precisamente así en lo contrario de una reconciliación, es un hecho del que debemos tomar nota. Pero ahora me pregunto: ¿Era y es realmente una equivocación, también en este caso, salir al encuentro del hermano que "tiene quejas contra ti" (cf. Mt 5,23s) y buscar la reconciliación? ¿Acaso la sociedad civil no debe intentar también prevenir las radicalizaciones y reintegrar a sus eventuales partidarios –en la medida de lo posible- en las grandes fuerzas que plasman la vida social, para evitar su segregación con todas sus consecuencias? ¿Puede ser totalmente desacertado el comprometerse en la disolución de las rigideces y restricciones, para dar espacio a lo que haya de positivo y recuperable para el conjunto? Yo mismo he visto en los años posteriores a 1988 cómo, mediante el regreso de comunidades separadas anteriormente de Roma, ha cambiado su clima interior; cómo el regreso a la gran y amplia Iglesia común ha hecho superar posiciones unilaterales y ablandado rigideces, de modo que luego han surgido fuerzas positivas para el conjunto. ¿Puede dejarnos totalmente indiferentes una comunidad en la cual hay 491 sacerdotes, 215 seminaristas, 6 seminarios, 88 escuelas, 2 institutos universitarios, 117 hermanos, 164 hermanas y millares de fieles? ¿Debemos realmente dejarlos tranquilamente ir a la deriva lejos de la Iglesia? Pienso por ejemplo en los 491 sacerdotes. No podemos conocer la trama de sus motivaciones. Sin embargo, creo que no se hubieran decidido por el sacerdocio si, junto a varios elementos distorsionados y enfermos, no existiera el amor por Cristo y la voluntad de anunciarlo y, con Él, al Dios vivo. ¿Podemos simplemente excluirlos, como representantes de un grupo marginal radical, de la búsqueda de la reconciliación y de la unidad? ¿Qué será de ellos luego?
Ciertamente, desde hace mucho tiempo y después una y otra vez, en esta ocasión concreta hemos escuchado de representantes de esa comunidad muchas cosas fuera de tono: soberbia y presunción, obcecaciones sobre unilateralismos, etc. Por amor a la verdad, debo añadir que he recibido también una serie de impresionantes testimonios de gratitud, en los cuales se percibía una apertura de los corazones. ¿Acaso no debe la gran Iglesia permitirse ser también generosa, siendo consciente de la envergadura que posee; en la certeza de la promesa que le ha sido confiada? ¿No debemos como buenos educadores ser capaces también de dejar de fijarnos en diversas cosas no buenas y apresurarnos a salir fuera de las estrecheces? ¿Y acaso no debemos admitir que también en el ámbito eclesial se ha dado alguna salida de tono? A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas.
Queridos Hermanos, por circunstancias fortuitas, en los días en que me vino a la mente escribir esta carta, tuve que interpretar y comentar en el Seminario Romano el texto de Ga 5,13-15. Percibí con sorpresa la inmediatez con que estas frases nos hablan del momento actual: «No una libertad para que se aproveche el egoísmo; al contrario, sed esclavos unos de otros por amor. Porque toda la ley se concentra en esta frase: "Amarás al prójimo como a ti mismo". Pero, atención: que si os mordéis y devoráis unos a otros, terminaréis por destruiros mutuamente». Siempre fui propenso a considerar esta frase como una de las exageraciones retóricas que a menudo se encuentran en San Pablo. Bajo ciertos aspectos puede ser también así. Pero desgraciadamente este "morder y devorar" existe también hoy en la Iglesia como expresión de una libertad mal interpretada. ¿Sorprende acaso que tampoco nosotros seamos mejores que los Gálatas? Que ¿quizás estemos amenazados por las mismas tentaciones? ¿Que debamos aprender nuevamente el justo uso de la libertad? ¿Y que una y otra vez debamos aprender la prioridad suprema: el amor? En el día en que hablé de esto en el Seminario Mayor, en Roma se celebraba la fiesta de la Virgen de la Confianza. En efecto, María nos enseña la confianza. Ella nos conduce al Hijo, del cual todos nosotros podemos fiarnos. Él nos guiará, incluso en tiempos turbulentos. De este modo, quisiera dar las gracias de corazón a todos los numerosos Obispos que en este tiempo me han dado pruebas conmovedoras de confianza y de afecto y, sobre todo, me han asegurado sus oraciones. Este agradecimiento sirve también para todos los fieles que en este tiempo me han dado prueba de su fidelidad intacta al Sucesor de San Pedro. El Señor nos proteja a todos nosotros y nos conduzca por la vía de la paz. Es un deseo que me brota espontáneo del corazón al comienzo de esta Cuaresma, que es un tiempo litúrgico particularmente favorable a la purificación interior y que nos invita a todos a mirar con esperanza renovada al horizonte luminoso de la Pascua.
Con una especial Bendición Apostólica me confirmo
Vuestro en el Señor
Benedictus PP. XVI

Vaticano, 10 de marzo de 2009.

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